lunes, 28 de julio de 2014

Antes de partir

Como iba a salir del país por dos semanas dejando irremediablemente a mi pobre esposa en un forzado periodo de abstinencia, la Cofradía ajustó todos sus calendarios para coincidir los más posibles en nuestra muy querida sede. En esa movida faltaron sólo el Chef Certificado y la Madrileña, pero no les faltó representación ya que, con el estandarte de esa peculiar trieja, la Mexicana se dejó caer desde poblanos domicilios. Pensamos que esa sería finalmente la noche en que iniciaríamos a la pareja guapa en los misterios de nuestra orden, sin embargo, no pudo ser y nos quedamos con las ganas de su compañía. Lo que sí ocurrió es que después de tantas promesas, los Cubanos y los Condes se conocieron y la fiesta estuvo como para fuegos artificiales.

     Así fue como, luego de varias horas de supermercado, la cofradía inició sesiones en un jacuzzi, luego en una alberca, luego en una cama y luego por todos lados. En medio de los festejos, La Pícara Acosadora y el Dr. Chocolate mandaron un mensaje informando que el tráfico desde su provincia hasta la capital los estaba haciendo considerar abortar la misión de llegar. Como la sesión  no sería lo mismo sin ellos, arriesgamos nuestros pudores: mandamos una foto de los presentes en situación comprometedora y con el uniforme oficial de nuestro gremio. Supongo que funcionó el truco, porque la consideración de regresar a sus terruños fue, de inmediato, abandonada. Juntaron fuerzas, de no sé dónde y con las alas que Mercurio les había negado pero que, de alguna manera se agenciaron, volaron lo mejor que pudieron entre los camiones, autos, y otros vehículos de combustión interna que, detenidos por la tormenta, se interponían entre nuestros amigos y nuestros genitales. Llegaron pues, cansados, fastidiados y calientes.

    Esa noche, ya no lo pude hablar con Mariana, pero debió haber sido una de las mejores de su vida swinger; estaban reunidos sus amantes favoritos y no le faltó un momento de sentirse consentida. A la Condesa, el cubano no la dejó ni un ratito, Mexicana y Acosadora, en sus papeles de nínfulas se alternaban para bien tratar a quien estuviera cerca, y en más de una ocasión me sentí el afortunado ganador de sus caricias. Cada vez me convenzo más de que mi mujer y yo tenemos los roles de género completamente invertidos. Mientras a ella lo que le gusta es el sexo fuerte y sin preámbulos, yo soy aficionado a los largos fajes y a las caricias distraídas. Afortunadamente, en una reunión de los cófrades, siempre hay tiempos y gustos para todos. Mariana brinca de unos brazos a otros y se deja llevar como bote sobre la resaca. Le gusta jugar a la papa caliente. Le gusta ser la papa. Es una caliente. Yo me enciendo sólo de verla, de adivinar antes de que llegue, el gesto que le nace en la comisura de la boca cuando mira a otro hombre desnudo, el reflejo de una luz, que viene desde un destino lejano, a posarse en la orilla de su ojo cuando el deseo la aleja de todo. Mientras me pierdo en largos besos de lengua, en los jadeos de mujeres sensuales y multiorgásmicas, me busco en su mirada. Me encuentro en ella y me siento en casa, como si un naufrago llegara a la orilla para encontrar ahí un espejo en la arena. Un espejo que refleja el cielo. Las estrellas.

     Ya entrada la madrugada, me acordé que un avión no tardaría en empezar a esperarme. Me fui con Mariana a un lado de la cama. Entré en ella y le dejé sobre el cuerpo todo el semen que pude. El plan era vaciarme por completo, para poder aguantar sin ella el mayor tiempo posible. Nos despedimos en un ritual tácito y privado. Ya muertos de sueño. Nos abrazamos sabiendo que con el final de esta noche, se nos aproximaba una oscuridad más grande, un largo periodo de extrañarnos. Dijimos adiós a nuestros cómplices de juerga. Besamos lo que pudimos y tocamos lo que había en el camino para llevarnos con nosotros un botín grande de imágenes y sensaciones con el que llenar las alforjas. Regresé a casa para meter a mi esposa a su cama y que pudiera dormir profundamente. La besé y me fui.

     Cuando despertó, la cofradía la llevó a desayunar, y yo ya estaba lejos de la Ciudad de México.


miércoles, 9 de julio de 2014

Los peores momentos de nuestra vida swinger 2

Segunda parte de nuestra antología de malas experiencias liberales


Luerzer´s Magazine via: Sicalipsis
Decíamos en un artículo anterior que, en esto del intercambio de parejas no todo siempre fue bien. Que aunque el saldo es tan positivo que ahora somos unos swingers ya graduados y con título oficial de la Cofradía del Orgasmo Perpetuo, siempre hay historias de tropiezos, que vale la pena recordar ya sea porque trajeron una experiencia significativa o porque, al menos, son anécdotas divertidas. Con eso en mente, damos paso a la segunda y última parte de nuestro top ten de malas experiencias dentro de este mundillo liberal.

Malas Copas


Hay muchas razones por la cuales no somos aficionados a los hombres solos, pero creo que la principal fue una impronta que nos quedó luego de unas vacaciones en un hotel sw que acepta caballeros que vuelan por su cuenta. Era una de esas semanas que producen novelas existencialistas. Estábamos ahí muy pocas parejas. De esas pocas, pocos éramos swingers, aunque el hotel se preciaba de atender ese nicho particular del mercado, y además había estado lloviendo sin parar, lo cual hacía especialmente aburrida nuestra estancia en la playa. Las circunstancias obligaban al heterogéneo grupo a pasar largas tardes sin nada mejor que hacer que platicar unos con otros hasta memorizar los gestos de todos. Fue en una de esas sesiones en la que conocimos a un hombre en sus cincuentas que nos cayó bien. Insisto en que no somos proclives a los tríos HMH, pero entre el aburrimiento y las limitadas opciones, la verdad, es que tal vez nos hubiéramos dejado convencer. Por la noche, bajamos al área de fiestas. Llevábamos el ánimo dispuesto y un acuérdo tácito para sacar el mejor provecho de una noche que, lo mismo que las vacaciones, ya no prometía novedades. Así que el caballero se sentó junto a nosotros e inició sus maniobras de seducción en afectado estado etílico. Arrastraba las erres. Fijaba torpemente la mirada en el escote de Mariana y hacía gala de todos los clichés copiados al tío borracho de las quinceañeras. El alcohol, nada dejaba ver del tipo original que, por la tarde, se nos había presentado como una posibilidad. Neceó. Trató de imponerse y luego siguió neceando para pedirle a Mariana que le bailara. No sólo no aceptó un "no" por respuesta. Tampoco aceptó el segundo, ni el tercero ni el cuarto. Incluso, fue incapaz de ver la evidente transformación que ocurría, en el rostro y tono de mi mujer, con cada nueva negativa. Fue más por la seguridad del hombre, que por proteger a la damisela, que nada tiene de desvalida, que intervine con un jalón en el brazo y un firme "Ya párale" haciendo uso de todo el lenguaje corporal que aprendí cuando entrenaba perros. Hasta entonces, comprendió que en esto de buscar compañeros de juego, el valor que da el trago es bastante contraproducente. Se fue pidiendo una disculpa y no volvimos a cruzar palabra con él en lo que restó de las vacaciones.

Malas velocidades


El playroom estaba padre porque era una serie de pequeños cuartos que se sucedían los unos a los otros en una especie de laberinto. Era como un hotel a escala donde, en lugar de puertas había cadenas que podían cerrar los vanos para indicar que los paseantes no eran bienvenidos, o por el contrario, dejarse abiertas a manera de invitación. Nosotros, mañosamente, nos colocamos en una de los primeros cubículos para constituirnos como espectáculo obligatorio. Me quedé de pie, casi en la entrada de nuestra cabina, para dejarme hacer sexo oral por Mariana quien se arrodilló frente a mí.

      Pasó una pareja de no mal ver, y se quedó un rato observándonos. Él, señaló mi erección a su acompañante y le preguntó que si se le antojaba. Ella dijo que sí, y él le preguntó a Mariana que si quería compartir su golosina con la señorita. Mariana asintió con la cabeza. Diría que me sentí indignado por ser tratado como un objeto por el cual se negocia y se regatea, pero no fue así. Me sentí halagado y me dejé consentir. Como era de esperarse, él se incorporó pronto a la fórmula, y no pasaron ni tres minutos cuando ya estábamos los cuatro involucrados en un intercambio de parejas casi de manual. Ella y yo estábamos aún en la etapa de los besos, cuando hice mi acostumbrada mirada de reconocimiento para saber si todo estaba bien con mi mujer. La descubrí tendida sobre su espalda, con las piernas abiertas frente al hombre que ya se enfundaba un preservativo. Díjeme, "que pronto", pero por otra parte, Mariana no es tan aficionada a los preliminares como yo. Seguí,  pues, con lo que estaba haciendo, seguramente unas mordiditas en el lóbulo de la oreja de mi compañera, o algo así de ñoño. Escuché el gemido característico de la primera vez que Mariana es penetrada. Sonreí, porque es un sonido que me gusta, e inmediatamente después, como dijo Ricky Martin, un, dos, tres... y justo antes de llegar a la parte del "alé, alé, alé". El tipo ya había terminado. Le dio un beso a mi mujer en la mejilla, otro a al suya en la boca y se despidió. Nos dejó a su acompañante a quien entretuvimos lo mejor que pudimos antes de que ella, también satisfecha, se fuera y yo pudiera quitarle a Mariana un poco de la frustración que la aquejaba.

Malas sustancias


No es para nadie un secreto, que follar con el ocasional churro es una delicia. Por eso nos gustaba mucho visitar a un par de amigos que, aunque vivían lejos, nos recibían siempre con sus mejores dotes de anfitriones y nos brindaban un poco de su reserva especial antes de que comenzáramos a jugar.  El ritual ya era un poco repetitivo, pero tenía el principal valor de la certeza. Atravesar la ciudad, drogarse, tener sexo, relajarse, comer sushi, esperar el final del efecto, regresar a casa y, todo esto, compartido con una pareja igual de swingers que nosotros, es una de esas actividades que vale la pena hacer de vez en vez. Ese día, rompimos la armonía del universo llegando más tarde de lo habitual, lo que significó que, nuestros convidantes estaban ya bien servidos cuando nosotros aparecimos. Pensamos que no sería grave, que si nos apurábamos volaríamos a su altura en poco tiempo. Así que nos ponchamos un toque y esperamos el efecto.

     Sin embargo, cuando estábamos al mismo nivel, ocurrió lo que reza el adagio. Cuando nosotros íbamos, ellos ya venían. Así que para cuando empezamos a jugar, había mucho más de torpeza que de buena vibra, mucho más de incompatibilidad que de hipersensibilidad. Terminamos y ellos ya estaban completamente sobrios, mientras que nosotros estábamos justo en el vértice mayor de la pacheca, por lo que la conversación postsexual se volvió imposible. Nos sentimos visitas incómodas, no hilábamos tema y era evidente que nuestros amigos comenzaban a fastidiarse con nuestra falta de congruencia. Ni modo, el simulacro de small talk tuvo que durar lo suficiente como para que yo recuperara los sentidos para manejar de vuelta a casa. Así que pasó mucho tiempo de una incomodidad imposible de ocultar. El balance del encuentro fue tan triste, tan anodino, que no volvimos a llamar. Ni ellos a nosotros. Simplemente, cada pareja por su lado, asumimos la anécdota como una deprimente historia de un pasado al que no queríamos volver.

Malos maridos


En la entrada de un playroom semi privado, al que apenas estábamos conociendo, se nos acercó un hombre suficientemente guapo y suficientemente el estilo de Mariana, que nos preguntó, sin preámbulos ni coqueteos, como hacen los niños en el patio de la escuela, que si queríamos jugar con él y con su esposa. Era un club de los que no aceptan solos, por lo que no había razón para sospechar de la buena voluntad del tipo. En general, además, somos más melindrosos con los hombres, así que tampoco podíamos suponer que, si él se veía así de bien, ella no cumpliera con nuestros estándares. Dijimos que sí, alegres de haber ligado tan temprano, y empezamos a hacer cosas placenteras de las que aún son ilegales en ciertas geografías. La esposa seguía sin llegar, pero tampoco íbamos a esperarla para comenzar. Había mucho de violento en el encuentro. Era excitante, pero había que reconocer que las cosas ocurrían con más velocidad y más fuerza de las que normalmente nos gustan. Pronto, comenzó él a tener sexo con Mariana quien al mismo tiempo me chupaba con ritmos irregulares producidos por los fuertes embates que recibía. La esposa, seguía sin llegar. Cambiamos de roles y seguimos jugando, ahora en posiciones diferentes. Mi mujer se afanaba por excitarlo, lo tocaba, lo besaba, lo lamía con ímpetu congruente con la energía del momento. La esposa seguía sin llegar y el hombre terminó sobre mi mujer. Él empezó a masturbarla y se dejaba y gritaba hasta que logró el primer orgasmo de esa noche. Justo en ese momento, se nos acercó la gerente del club y le dijo al hombre que su esposa estaba afuera, que lo estaba esperando desde hace rato y que estaba muy molesta. 
     
     Así que, independientemente de que el trío haya estado bien y lo hayamos disfrutado mucho, tener la sensación de haber sido timados, es muy desagradable. El ambiente swinger es muy libre, pero no deja de haber una buena cantidad de personas que se comportan en él con la misma marrullería con la que lo hacen fuera. No nos cae bien un tipo que deja a su esposa esperando, dentro del medio o fuera de éste. No hubiéramos jugado nunca con él, de haber sabido que estaba solo, pero más allá de eso, quedamos en medio de una pareja que se engaña entre ellos y de un individuo que nos mintió a nosotros. Esa es la clase de anécdotas que nos dejan con mal sabor de boca y que nos suben la guardia en el futuro.


Malos olores





Vía: Cute Dicks
Esta historia, tuvo que ser Mariana quien me la recordara porque, en esa ocasión yo la pasé muy bien. Ella, lamentablemente, no tanto, así que creo poco probable que repitamos a esta pareja. Uno de esos ejemplos claros de cuando el dios swinger de la repertición de placeres es generoso con unos y ruin con las otras. Era una pareja muy hermosa, y ella era una divinidad de esas que a la manera de los M&M, se deshacen en la boca. Yo, extasiado. Pero Mariana bajó a explorar lo que su hombre tenía bajo los pantalones y se encontró con un terrible olor a sudor añejo. No sé si por disciplina, si por consideración, o si buscaba sacar el mejor partido de la noche, pero no dijo nada. Se afanó con este hombre que, no sólo olía muy mal, además, tenía la grosera costumbre de empujarle la cabeza a quien le hace sexo oral. Pobre Mariana, porque mientras me veía pasar el rato de mi vida, y para tratar de poner la mente en otra cosa, no pudo sino recordar aquél otro incidente penoso en el que yo probaba contorsiones imposibles con la mulata y ella estaba varada con Mr. No Hands.
     ¡Qué bueno que tantos hombres en el medio liberal la han hecho tantas veces tan feliz, porque si no, no sabría como pagarle la cuenta de este par experiencias!

martes, 8 de julio de 2014

Tarde de jacuzzi, noche de cama

mujeres bisexuales, sexo swinger

Intercambio de parejas en Cuernavaca


Era extraño que nos invitaran a su casa aunque no nos conocían. Pero hay códigos que, de una o de otra forma, te hacen pensar que estás en terreno seguro, así que no nos costó nada decidirnos a ir a Cuernavaca para verlos. Los swingers suelen decir que, para que las cosas sucedan entre cuatro adultos, debe haber física y química. Nosotros agregamos a la fórmula, gramática, porque creemos que una pareja debe, también, sentir que está entre los de su especie, entre aquellos que hablan la misma lengua aunque pertenezcan a nacionalidades diferentes. Así nos sentimos con este par en cuanto cruzamos la puerta.

     La casa era una de esas fortalezas que los aristócratas construyen en homenaje a su comodidad, pero además tenía un cierto gusto, una sensibilidad en el diseño de la decoración, en los cuadros de las paredes, en el armado del jardín, y en otros gestos que nos hicieron, de inmediato, saber que estábamos frente a una pareja que sabe vivir disfrutando. 
   
     Fuimos unos consentidos en un territorio amigable. Nos dieron de beber y nos alimentaron de  lo lindo. Platicamos y el cielo morelense amenazaba con dedicarnos una de sus clásicas tormentas eléctricas. Con tan buena excusa en la mano, Él aprovechó para acelerar las cosas a la hora del café. Advirtió, haciendo gala del acento que le queda después de vivir veinticinco años en México, que si queríamos usar el jacuzzi, más nos valía hacerlo pronto antes de que la lluvia nos vetara del jardín. Buena idea, salimos los cuatro y sin ningún preámbulo pasamos a esa etapa que, claramente, distingue la convivencia entre parejas liberales de las citas de los vainillas. Nos desvestimos todos y brincamos en el agua que estaba caliente como sopa de lascivos. 
   
   Los  dos son gente atractiva, pero el cuerpo desnudo de Ella era algo que no dejaba de llamar mi atención. Una figura alargada y esculpida en varias horas de gimnasio,  curvas pronunciadas y ni un gramo de grasa fuera del lugar; es una de esas señoras que los hombres no pueden dejar de mirar en el súper y nosotros la teníamos sin ropa en espectáculo privado. La lluvia caía fría y tímidamente, contrastaba con el calor del agua en la que nos sumergíamos y bajo la cual descubrí la mano de Mariana que empezaba, impúdica, a buscar entre las piernas de Él. Cómo pasamos de las palabras a los hechos es algo que quedó confundido en mi imaginación, pero el caso es que muy pronto me sentí con total libertad sobre ese cuerpo de blanda piedra que hacía poco tiempo sólo me contentaba en ver. Ahora, acariciarlo mientras, del otro lado de la cortina de vapor que se hacía sobre el agua, Mariana se dejaba sacar gemidillos placenteros, era una especie de excitante letargo.
   
     Quien no está en el ambiente, difícilmente puede entender que lo más excitante del intercambio de parejas es el juego, casi poético de los cuerpos que se prolongan. Me gusta acariciar a otras mujeres y al mismo tiempo ver el rostro de la mía cuando se incendia con placer. Es como si al tocar otro cuerpo, tocara partes de ella misma que no había tocado antes. Es, como si cuando ella besa otras pieles azarosas, me besara a mí en la piel de los demás. Es un juego perverso de disfraces en el que el que, la identidad del otro, se traslada entre el exterior y el interior  propio. A esta práctica la llamamos oscilar, y quien lo ve desde fuera supone que se llama así porque una persona se columpia entre su conyuge y los demás. Sin embargo, es más complejo, y por lo tanto, más excitante. Para nosotros, el péndulo es la identidad misma que se desprende del yo y se posa en el otro, en los otros. Me gusta pensar en ésto como en un juego de espejos que se reflejan hasta el infinito, y en la otra orilla del mundo, me vuelvo a encontrar con Mariana, tras una sesión de tormentas que caen desafanadas sobre sus significantes.
   
     Mariana, como es costumbre, no contuvo los gritos de sus orgasmos, ni siquiera por precaución con los vecinos, y escucharla me encendía mucho. Había miles de combinaciones que realizar, y ninguna de las dos mujeres parecía dispuesta a poner alguna restricción. Así que no la hubo. Tocamos, lamimos y besamos hasta un agotamiento que mereció una pausa, y mientras descansábamos comentábamos las ventajas del lifestyle. Luego volvimos a empezar a jugar cuando ya era de noche.
   
     Ella sugirió que subiéramos a la recámara. Fuimos los cuatro en fila india, llevando con nosotros las provisiones del resto de la noche: vino, condones, agua... En fin, lo necesario. La cama era muy grande, así que cabíamos muy bien, y tenía un cobertor muy blanco y muy suave, así que estábamos muy cómodos y muy desnudos. Ella y Mariana se engancharon en una suerte de Ying Yang en el que los cóncavos de una se adaptaban armoniosamente a los convexos de la otra. Se lamieron y besaron para deleite estético de los hombres que nos acomodamos atrás de cada una de ellas. Fue una sesión larga y llena de variaciones. Lo hice con Mariana y lo hice con ella. Él lo hizo con ella y lo hizo con Mariana.  Esta vez, no sólo fue mi mujer la que no contuvo los gritos. Ella enganchaba un orgasmo tras otro, y me hacía todas aquellas cosas que me hacen olvidarme de mí mismo. Al final, era ya muy difícil contener una marea que llevaba horas queriendo estallar. Me vine, sin aliento, con la imagen del apretado trasero de ella rodeándome con fuerza, junto a mí Mariana como una lagartija frotaba su sexo y sus senos sobre la pierna de él. Levantaba las nalgas en mi dirección y estiraba el cuello y la lengua para meterse a la boca su miembro erguido. Regresé junto a ella y los dos nos quedamos a contemplar, en medio de caricias, el espectáculo de Él terminando con las experimentadas mano y boca de mi esposa.

lunes, 7 de julio de 2014

Merkins: pelucas púbicas

El artificio del pubis


Nuevamente, me encuentro en un debate por no encontrar en español la palabra precisa para el concepto que quiero explicar. La culpa, la tiene eso de las ciento cincuenta millones de cosas, cuya razón de ser, sigo sin entender. Los merkins (¿las merkins?) están en esa lista, justo entre la mecánica cuántica y los términos de uso de los servicios web.  Aparentemente, estos púbicos artilugios sirven principalmente para el cine y su principal utilidad deriva de los mecanismos de censura hollywoodenses. Exhibir genitales en el cine, inmediatamente pone a una película en un tabulador de clasificación diferente, pero, si en lugar de mostrar el recatado bajo vientre, la actriz lo cubriera con una peluca... ¡Exactamente! La MPPAA, quedaría inerme frente a semejante giro del ingenio.

     Por otro lado, no hay que ser tan duros con los vestuaristas del séptimo arte, quienes podrían diseñar merkins para darle realismo a ciertas tomas en las que se requiere que el personaje lleve un corte al estilo nuestras abuelas. Tal es el caso, e.g, de Kate Winslet en The Reader, quien trató de dejarse crecer el vello, pero, tras varias sesiones de depilación contemporánea, no consiguió el fin. 

     Evidentemente, también se puede usar una de esas cosas por su efecto cómico. Pienso en todos aquellos aficionados que van al estadio portando histriónicas pelucas multicolores. ¿A poco no sería divino que un nutrido contingente de compatriotas, hubiera apoyado a nuestro equipo con merkins tricolores? Lo aseguro, si así hubiera sido, ni el hashtag de la semana hubiera sido #NoEraPenal, ni la nota mexicana mundialista la hubieran dado los funcionarios de BJ. 
     
     También habría que pensar en las posibilidades artísticas de un accesorio tal. No estoy siendo, ni un cuarto de gramo sarcástico, debo advertirlo. Célebres fotógrafos y diseñadores han incorporado merkins a sus portafolios, y el resultado es, cuando menos, disruptivo. En fin, que si la gente puede ahora vender agua preempaquetada para hacer hielos caseros, no veo por qué no podamos darle un poco de versatilidad a los jardines del sur.

@DiegoconMariana


la peluca púbica como expresión artística: arte conceptual
Rhiannon Schneider, vía Opal Gardens
merkin tipográfico
Georgia Hill via AltMedia

Usos de pelucas púbicas en fotografía: un merkin facilita el trabajo de la modelo
Mana Fujisaki vía: Asian Mystique





Merkins en la moda, peluca púbica como objeto artístico
Opal Gardens
El uso de la peluca púbica agrega un efecto realista a las tomas en el cine
Kate Winslet en The Reader desde Jezebel
Las merkins pueden ser también concebidas como accesorios decorativos o estimulantes eróticos
Le Mew Photography
El uso del merkin en fotografía de moda añade un efecto disruptivo a la toma
Estilista: Hilary Olson para Vice

sábado, 5 de julio de 2014

#Pornoretórica, volumen 1

Lecciones de retórica y para libertinos


Profesora sexy
Mira Sheiner
Pensé que sería un ejercicio divertido poner en Twitter diferentes ejemplos de figuras literarias con connotaciones sexuales. Dichos ejemplos fueron cuidadosamente #tópicoetiquetados como #pornoretórica,  y se trata de mi muy particular forma de hacer homenaje al idioma español, tan vapuleado ya en éste blog lleno de anglicismos.  Es un pasatiempo una cuarta parte nerd, y nada hay en eso que deba tomarse en serio. Sin embargo, al revisar los rastros dejados, me asaltó una pronta epifanía. Twitter borrará mis pequeñas huellas pornográficas y nunca más podré regresar a ellas. Tenía dos opciones: dejarlas ir como dice el masticado aforismo sobre el amor, o guardarlas de alguna forma. Por eso, ahora hay una nueva sección en Jardín de adultos, que se irá alimentando de mis clases de mis juegos de ingenio verbal. Espero no aburrir mucho al respetable, y si así lo hiciere, siempre se pueden saltar esta parte e irse directo a los otros diversos artículos que ponemos aquí a su disposición.

Sin más preambulo, comenzamos...

#Pornoretórica, antipáfora: ¿Cuántas veces he de follarte hasta los sesos? Todas.

#Pornoretórica, aposiopesis: Mirar su... abierta forma de encender mi...

#Pornoretórica, hiperbaton: Abre ella dócil para que él las piernas pueda entrar.

#Pornoretórica, anáfora: Los signos de tu cadera, los signos de tu espalda, los signos que contraes, los signos de tu orgasmo cántaro roto.

#Pornoretórica, anadiplosis: Tu espalda que se puebla de saliva,
saliva que se inunda con mi historia.

#Pornoretórica, aféresis: Lamer, como las olas, el litoral sediento de tu lítoris.

#Pornoretórica, aliteración: El firme filo del falo que con fuerza se hunde en la humedad de un hueco umbrío.

#Pornoretórica, abusión: Besa la boca de mi sexo con los labios, lengua y dientes de tu sexo.

#Pornoretórica, adjunción: Por atrás, por adelante, por la boca y por los ojos follamos.





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